lunes, 28 de septiembre de 2015

Crónicas estivales: Una visita al cementerio


Es una parada obligada. Cada año, en el mes de Agosto, tengo que hacer un hueco entre las múltiples actividades vacacionales para ir al cementerio a limpiar la tumba de mis padres y a cambiar el ramo de flores. No es una visita fácil, por muchos años que pasen, todavía se despiertan en mi un cúmulo de sentimientos que me llenan de inquietud. Los cementerios siempre me impresionan, y éste, donde reposan los restos de muchos seres queridos, me conmueve mucho más.

Lo primero que me viene a la memoria una vez traspasada la verja de hierro, son aquellos fríos días de los difuntos de mi infancia, el dos de Noviembre, en que la visita al cementerio era obligatoria. Agarrada del brazo de mi amiga Anastasia, tensas, con los corazones en vilo y la mirada llena de miedo, iniciábamos el recorrido por la calle de la izquierda, donde estaban las tumbas más antiguas, algunas con cuerpos trasladados del cementerio viejo. Era la parte que más nos gustaba, imaginábamos historias sobre aquellas personas que habían nacido en el siglo XIX y sobre la vida que  habían llevado. Imaginar que habían pisado las mismas calles que nosotras, y habían vivido en las mismas casas en las que ahora vivían sus descendientes nos parecía emocionante. 


Pero al llegar a la esquina, todo el encanto desaparecía. Allí había una fosa en la que, se decía, estaban los huesos de los niños que no habían sido bautizados, y de los fusilados en la Guerra Civil, muchos de ellos en la tapia del mismo cementerio. Decenas de historias acudían a nuestras mentes, historias que se contaban a medias, y en voz baja, porque la dura represión de los vencedores había dejado una huella sangrienta todavía muy presente y el miedo anidaba en las conciencias. 




Apretábamos los dientes, y seguíamos adelante. La siguiente parada, ante la tumba de mi tía Josefa. Había muerto a los 25 años, nadie sabía decir de qué. No es difícil imaginar, en esos años de hambre y falta de los recursos más necesario, como no lo es la muerte de uno de sus hermanos, mi tío Víctor, que murió a los 19 años, y de mi abuelo paterno. Mi abuela paterna murió años después, y todos ellos yacen en la misma tumba, aunque sus nombres no aparecen en la lápida.

Los panteones, tan suntuosos, eran los que más llamaban nuestra atención. El de la familia De la Gala-Llera, la que había sido la más rica del pueblo, y que era la protagonista de una de esas historias que se contaban a media voz. Posiblemente la más macabra, ya que la mayor parte de la familia había sido asesinada en los primeros días de la Guerra Civil, 


Y para acabar el recorrido, y por aquella zona casi pasábamos corriendo sin querer detenernos, la sección donde se encontraban las tumbas de los patriotas, asesinados por las hordas marxistas y en defensa de la patria. El lenguaje utilizado en esas lápidas causaba en nuestros tiernos corazones más terror que admiración.




Aunque más deterioradas, aún están esas tumbas en el mismo lugar de siempre mostrando su mensaje de odio . Ya no me producen miedo, sólo pena. Y mucha indignación, ¿Cuándo podrán ponerse los nombres en las tumbas de los muertos del otro bando? Cuando se hayan recuperado sus huesos de las fosas, algo que todavía no es posible, casi 80 años después.

La visita al cementerio la acabo ahora de forma muy distinta a las de mi niñez, admirando un bello paisaje. Paz y sosiego. Y siempre pienso en Dulce Chacón y su libro "La voz dormida", en cuyo prólogo describe tan bien lo que viví en mi infancia. 



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