sábado, 20 de noviembre de 2010

20 N


Hay fechas emblemáticas que marcan toda una vida. Hay fechas que quedan grabadas en nuestra mente a sangre y fuego. Hay fechas tan notorias que todo el mundo se pregunta: "qué hacías el día que...?, porque todos sabemos que ese día forma parte de la historia.


El día que murió Franco yo estaba trabajando, supongo. No lo recuerdo muy bien. Era Jueves. Había mucha tensión en el ambiente, y mucho miedo. Nosotros teníamos programada una excursión a Figaro ese fin de semana y estuvimos a punto de cancelarla, pero finalmente no lo hicimos.

El Viernes por la tarde cogimos el tren, anduvimos en dirección al Tagamanent cargados hasta las cejas, con la mochila, la tienda de campaña, y todo lo demás, y a unos 3 km del pueblo, en un lugar que conocíamos de excursiones anteriores, instalamos el campamento.

Recuerdo de aquella excursión, sobre todo, a mi amigo Juanjo. Era un poco bruto, sí. Por entonces aún no había ido a la mili a Melilla, ni había destrozado su vida cayendo en las garras de la marihuana ni de otras sustancias peores. Yo le tenía cariño porque era alegre y buena persona, siempre tenía una sonrisa en la boca y bromeaba con todo el mundo. Y además, habíamos nacido el mismo día y el mismo año, aunque en lugares distintos. Juanjo era fuerte y grande. Bueno, grande quizás no, pero a nosotros nos lo parecía, era quien siempre cuidaba de nosotros, algo así como si fuera nuestro guardaespaldas.


A las excursiones Juanjo llevaba siempre una pequeña hacha, una miniatura inofensiva que en manos de cualquiera sería un juguete, pero en las suyas era un arma peligrosa. Lo sería si él fuera una persona violenta, pero no lo era. Y el hacha sólo lo utilizaba para allanar el terreno en la acampada. Y era tan bruto que cualquier tronco de árbol seco, o piedras molestas, dejaban de ser obstáculos y las apartaba o las destruía como si fueran hojarasca, y de verdad que no era fácil. 

Aquel Viernes, el día después de la muerte de Franco, Juanjo hizo una de las suyas, y nos reimos con ganas. 

El día después, el Sábado, llegaba al campamento más gente. Algunas para quedarse sólo un día. Y digo algunas porque eran sobre todo chicas, por aquellos tiempos estaban muy controladas y no tenían los mismos derechos que sus hermanos. Era impensable que pudieran pasar una noche fuera de casa.

Fuimos a buscarlas a la estación, y entramos en un bar y compramos varias botellas de cava, de champán, que era como se llamaba en aquellos días. Queríamos celebrar la muerte del dictador. Vale, es triste, no habíamos conseguido echarlo, pero estábamos contentos de librarnos de él finalmente. En el bar, la tele emitía el entierro. Mucha pompa. Nosotros no teníamos miedo como lo tenían nuestros padres, no habíamos vivido la guerra.

Nos bebimos el cava, y también hicimos queimada de coñac. Toda la noche fue una fiesta. Al día siguiente la resaca era monumental. Ni siquiera me acuerdo si a las chicas que tenían que volver a casa por la noche las compañamos o volvieron solas.

Del 20N recuerdo eso, a Juanjo, sobre todo, que años después murió de sobredosis en plena juventud, y el bar lleno de gente mirando la tele con miedo en los ojos, y la fiesta de celebración.

Hace tanto tiempo ya...

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