miércoles, 7 de abril de 2010

Excursiones y reuniones clandestinas


Hacia mediados de la década de los setenta, la vida social española era un hervidero. La dictadura daba sus últimos pasos, pero aún estaban vigentes sus leyes restrictivas. La sociedad española, con una mentalidad mucho más adelantada que esas leyes, pedía a gritos el cambio democrático, y la juventud estaba a la cabeza de esa lucha.


Cualquier actividad que lleváramos a cabo, incluso las aparentemente más inocentes, tenían un toque político, estábamos convencidos de que íbamos a forzar el cambio de una vez por todas, y no queríamos perder la ocasión.

Una de las cosas que recuerdo con más cariño de aquella época eran las excursiones. Me ha venido a la memoria ahora que recién ha acabado la Semana Santa, fecha ideal para estas salidas. Cogíamos la mochila, las botas y la tienda de campaña, y ¡ala!, camino a la montaña.

Las primeras excursiones que hice no fueron totalmente lúdicas. La ley prohibía las concentraciones públicas de grupos compuestos por más de dos personas, y aunque se la desafiaba celebrando al descubierto multitud de asambleas en las fábricas, en los institutos y en la universidad, cuando se trataba de reuniones masivas de los militantes de los partidos políticos, o de actividades que tenían como objetivo el proselitismo de amigos y conocidos, se solían organizar excursiones a la montaña. Y allí, además de convivir, hacer deporte y respirar aire puro, los líderes más carismáticos, jóvenes idealistas con gran dominio de la palabra, nos dirigían discursos encendidos sobre la situación de los obreros y los estudiantes en España.

Las excursiones que me gustaban de verdad eran las otras, las que hacíamos con los amigos sin otro ánimo que pasarlo bien y conocer lugares interesantes. Y también para desconectar de la agitada vida que vivíamos, trabajar durante el día, estudiar por la noche, no quedaba tiempo para nosotros, sólo los fines de semana podíamos dedicarlos a la aventura.

Cogíamos el tren el Sábado por la mañana, muy temprano, en Plaza Catalunya o en L'Hospitalet. Eramos multitud de grupos de procedencia diferente, de centros culturales, de grupos excursionistas, o sólo de amigos amantes de la montaña, pues era una práctica habitual entre los jóvenes salir de excursión los fines de semana y los puentes. A veces era difícil encontrar asiento y teníamos que hacer el viaje de pie, o sentados en el suelo o sobre nuestras mochilas. 

Por el camino, cantábamos canciones para entretener el viaje, porque para llegar a Vic, Ripoll o Ribes de Freser, que eran los destinos más frecuentes, se tardaba varias horas. Siempre aparecía una guitarra, o varias, y bastaba que comenzara un grupo a cantar para que todos los demás lo siguieran. Cantábamos canciones de Bob Dylan y Joan Báez, traducidas al castellano o al catalán. Y también de Víctor Jara, que había sido asesinado unos años antes. Pero la canción más cantada, sin duda, era "L'estaca", de Lluis Llach.



"Segur que tomba, tomba, tomba i ens podrem alliberar", gritábamos al unísimo, con fuerza y pasión. Nos sentíamos identificados con aquel mensaje.

Además de las canciones protesta, también eran muy coreadas una serie de canciones que nos parecían muy progres porque la letra estaba llena de palabras soeces, pero que miradas con la distancia, ahora me parecen que tienen un contenido muy machista y misógino. Como la de la cabra, que todavía tiene éxito. "La cabra, la cabra / la puta de la cabra / la madre que la parió...". En fin, no merece la pena terminar el estribillo.

Cuando llegábamos a nuestro destino, recogíamos nuestras mochilas, cantimploras, tiendas de campaña y demás enseres, y, cargados como burros, nos dirigíamos al lugar de acampada. Este lugar solía estar a muchos kms. de distancia, a veces los hacíamos andando, y otras en autobús. Por fin, vencidos y fatigados, llegábamos al sitio elegido, que normalmente estaba atestado de grupos como el nuestro, y teníamos que buscar una zona discreta que nos diera cierta intimidad, y a poder ser, que estuviera cerca del río. 

Lo que hacíamos en esas excursiones, la forma en que pasábamos el tiempo, como dormíamos, que comíamos, y demás detalles, serán objeto de otro post, porque no pretendo que éste se haga interminable. El tiempo pasaba rápido, y llegaba el domingo, hora de recoger todos los bártulos y emprender el camino de vuelta.

El tren de regreso lo solíamos coger a primera hora de la tarde. Siempre llegaban con retraso, las esperas se nos hacían interminables, y al entrar al tren, invariablemente nos encontrábamos con la misma sorpresa, iba tan lleno que ni en el suelo podíamos sentarnos. Además, eran tan viejos, que sufrían averías con frecuencia, lo cual alargaba más el viaje y provocaba la furia de los cansados excursionistas. Normalmente la cólera se desahogaba con cánticos insultantes a la Renfe, un "Renfe, mierda" que se propagaba de vagón en vagón y se expandía por todo el tren. Sin embargo, hubo otras veces en que el furor era tan grande, que algunos violentos se ensañaban con los elementos del tren, rompían los cristales, golpeaban los asientos, y en una ocasión, hasta vi como una taza de váter se pasaba de mano en mano por el vagón hasta salir volando por una ventana y caer sobre la vía.

Ese tipo de violencia no era lo habitual, sólo en contadas ocasiones. Lo normal era volver al tema de las canciones y a charlar y conocer gente de otros grupos con los que, a menudo, concertábamos una cita para seguir viéndonos. 

No sé como desapareció esta costumbre tan multitudinaria, ni cual fue el proceso que siguió. Sólo sé que poco a poco fuimos distanciando las salidas a la montaña, y finalmente las eliminamos de nuestras vidas. Quizás, como la misma sociedad, nos fuimos apagando y cayendo en el sopor del conformismo. Y nos buscamos otras distracciones más descansadas.

3 comentarios:

  1. a lo mejor fue cuando se inauguraron las discotecas...

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  2. jaja miss, que aguda. Pues creo yo que las discotecas ya existían desde hacia tiempo...

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  3. sencillamente los habitos cambiaron porque la gente empezo a comprarse coches a plazos y a moverse en pequeños grupos, nos volvimos cómodos y el kumbayá lo dejamos en el baúl de los recuerdos........es que miss tiene la edad que tiene, es normal que no haya vivido el proceso

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