viernes, 2 de abril de 2010

A mi padre

Eran las dos de la tarde,
tu aparecías de repente
por el fondo de la calle
caminando entre la gente.
La carpeta bajo el brazo
el semblante sonriente
y el uniforme grisáceo
todo limpio y reluciente.

Yo corría hasta tus brazos
con el ánimo exigente,
rebuscaba en tus bolsillos
de manera diligente.
Tu mirabas complacido
mi ajetreo impertinente,
arrugas de decepción
aparecían en tu frente.

Al fin, cansado del juego,
emergía de repente
en tu mano un caramelo,
el tan ansiado presente.

Son recuerdos de mi infancia
que agitan mi corazón
que lo inundan de añoranza
y desbordan mi interior.

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