lunes, 18 de enero de 2010

Brusco despertar I


Imagen: Despertar de la mañana, de Eva Gonzales (París, 1849-1883)


Lentamente se introdujo en el mar
Y una ola borró sus huellas sobre la arena.


Aquel día amaneció gris.

Era el mes de Julio, exactamente el día 9. ¿Y era gris el día en pleno mes de Julio? Tal vez sí o tal vez no. Es igual como era el estado real del tiempo. Ana lo recuerda así, gris plomizo, gris turbio, gris triste, gris, en suma. A pesar del azul del cielo, a pesar del sol radiante, a pesar del calor sofocante que se mete en los huesos y te marea, el día le amaneció gris a Ana.

Las 8 de la mañana. La despertó su tía, y un temblor inexplicable le electrizó el cuerpo al abrir los ojos.

-Levántate enseguida, tienes que arreglar tu casa. Ha llamado tu madre por teléfono desde Sevilla y dice que van a volver todos hoy, ella, tu padre y tus hermanas.

-¿Mis hermanas también vienen?

El gozo se le salía a Ana por los ojos al hacer la pregunta. Sus hermanas, aquellas personas tan queridas y borrosas en la distancia a las que sólo podía ver una vez al año durante las vacaciones de verano, aquellos dos mitos elevados a la cima más alta de su admiración, dos adolescentes que, no pudiendo soportar la falta de oportunidades del pueblo y la falta de esperanza de una vida digna, un día cogieron la maleta y emigraron a Barcelona, desafiando la soledad y el miedo a lo desconocido. Y sus hermanas estaban ahora muy cerca de ella… Un año sin verlas, y ahora casi podía tocarlas con la mirada.

-Sí, tus hermanas también vienen.

Se le subió el sueño a la garganta. Un nudo de emoción le impedía casi respirar y el corazón emprendió una loca galopada. Regresaban sus padres de Sevilla, poniendo fin a aquella larga ausencia que la obligaba a vivir momentáneamente en casa ajena, con una tía de humor amargo amiga de los aires de grandeza (como si en su árbol genealógico hubiera algún grande de España), soportando su frialdad y su desamor, y los continuos reproches a su actitud tan poco agradecida con respecto a ella, que tantos favores le hacía. No podía soportar aquella falsedad, prefería estar sola en su casa, revolviendo entre sus libros, escribiendo bajo la sombra del olivo del patio unas poesías que nunca nadie leería. Su viejo amigo el olivo, aquel que plantó su padre al nacer ella. ¡Cuantos secretos compartían!


Se levantó deprisa, recogió sus cosas, y se marchó a su casa. Abrió la puerta con ansiedad, no pudiendo evitar un suspiro de alivio al encontrarse dentro del viejo caserón. Una paz infinita le invadió el cuerpo, las fuerzas la abandonaron. Se sentó en la vieja mecedora de su padre y se puso a pensar. Su madre había llamado por teléfono, regresaba con su padre. Terminaba ya la pesadilla, pronto sería un punto negro en el recuerdo. De repente una nube cruzó por su cerebro. Regresaba con su padre, a él lo habían operado dos días antes, habían llamado muy temprano, y si… No, no podía ser. ¡No podía estar grave!. Ella había hablado personalmente el día anterior con su madre, le había preguntado ansiosamente por el resultado de la operación. Una voz desfallecida le había contestado a través del hilo telefónico que todo había transcurrido muy bien, que pronto regresarían a casa. Regresaban ahora, tal vez estaban ya de camino. Faltaban sólo unos minutos para abrazar a su madre y decirle todo lo que la había añorado:


“Tu y yo nunca nos hemos llevado demasiado bien. Tu te encierras en tu caparazón, te rodeas de misterio; nunca me has hablado con cariño, siempre estás fría y distante. Sé bien que me quieres, pero demuéstramelo, por favor. Háblame de tu cariño como hacen otras madres. Sé que yo también soy rara y rebelde, me parezco demasiado a ti. Nunca te hablo de mis cosas. A partir de ahora será todo diferente, ya verás. Abrázame hoy bien fuerte, que no pueda escaparme de tus manos".

Faltaban sólo unos minutos para abrazar a su padre:

“Papá, tu no puedes dejarnos. A veces pienso que esta enfermedad tuya es ya demasiado larga para ser una simple gripe. He oído por ahí que tienes un tumor en el pulmón derecho, y aunque no sé bien que significa eso, me huele muy mal. Tu no puedes faltarme, eres bueno, aunque demasiado sencillo para entenderme. No importa, eres mi único punto de apoyo y no puedes faltarme ahora que es cuando más te necesito. ¿Sabes?. Tu familia no me gusta nada. No me han tratado mal, me han dado de comer bien y me han vigilado mejor. Casi no puedo moverme. Yo prefiero estar sola pensando en mis cosas. Aún recuerdo cuando todos ellos nos despreciaban porque vivíamos en la peor calle del pueblo, la calle de los pobres, y ahora no dejan de echarme en cara los favores que nos hacen. Lo peor de todo es que ni siquiera son ricos, tienen muchos aires de grandeza, y nunca he podido saber por qué. Engreídos, eso es lo que son, siempre están hablando de lo lista que es la gente de su familia y de lo bien colocados que están todos. No los soporto. Tienen que aparentar que son unos buenos familiares y se preocupan por nosotros, pero lo hacen sólo por las habladurías, no lo hacen de corazón. Nosotros no los necesitamos, ni necesitamos su falsa caridad. ¿Por qué se preocupan tanto por las apariencias?. Quiero que vengas tu y se lo digas personalmente. A mi no me hacen caso. Dicen que soy muy joven”.

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